Monday, December 25, 2006

Cuento de Navidad


Una crónica de la visita al Colegio del Cuerpo, en Cartagena de Indias, Colombia, donde la danza rescata jóvenes de la prostitución, la delincuencia y la droga.

En Cartagena de Indias faltan cinco días para la Navidad y la ciudad se hace difícil por el calor pegajoso, el tráfico caótico (están cortadas las calles principales para la construcción de una línea de subterráneo) y las celebraciones que suceden en cada esquina. En la puerta de la catedral San Pedro Claver, dos chicos vestidos con camisa blanca y una cruz de oro colgada del cuello me invitan al concierto de coro que darán a las siete de la tarde, y de paso me obligan con sus miradas de monaguillo a comprarles un bono contribución por siete mil pesos (3 dólares). Cruzo la plaza que une la ciudad amurallada, el refugio calmo de los turistas, hacia el barrio de Getsemaní. Todo está destruido por los trabajos viales y los autos y las mototaxis me amenazan.
El Colegio del Cuerpo queda en Calle Larga número 10-27. Al entrar, me encuentro con un grupo de morenitas de entre 10 y 12 años que conversan entre ellas mientras comen un bollo de harina de maíz y sostienen en sus manos un juguete que acaban de recibir como regalo. Tienen el cuerpo delgado y estilizado, la sonrisa fácil, la mirada encendida. Están en esa edad en que todavía no son concientes de su propia sensualidad. La edad en que la mirada masculina, cuando se posa sobre ellas, provoca vergüenza y, a veces, miedo.
El edificio tiene el aspecto de una casa en constante reforma. La fachada es blanca y está decorada con una serie de fotografías en blanco y negro. Pero dentro, las vigas del techo están a la vista, una tabla de madera divide la recepción de una oficina y dos sillones viejos sirven como único confort para los visitantes.
May Posse es una especie de secretaria todo terreno que mueve los hilos que hacen posible que el Colegio del Cuerpo esté por cumplir su décimo aniversario. Nacida en Bogotá, tiene alrededor de cincuenta años, el cuerpo pequeño y porte de bailarina.
-Amo la danza, pero soy escritora- me aclara. Lleva su pelo negro con canas blancas arreglado en una trenza gruesa que le llega a la cintura. No usa maquillaje y viste una camisa blanca bordada.
Quiere saber por qué estoy acá y se hace cómplice de mi teoría que sostiene que los periodistas también deben preocuparse por contar buenas noticias. Entonces, mientras esperamos que llegue el director de este particular espacio cultural, me invita a recorrerlo.
En 1997, Álvaro Restrepo, un prestigioso bailarín y coreógrafo colombiano, y Marie France Delieuvin, una pedagoga y bailarina francesa, soñaron con un lugar para acercar la danza a jóvenes de clases bajas. En una Colombia desangrada en una guerra, en la que en cada ciudad los chicos crecen aceptando la violencia como algo cotidiano, éste era un sueño necesario.
Marie France Delieuvin y Álvaro Restrepo propusieron un método para que a través de la danza, los jóvenes de los barrios pobres construyeran una relación de respeto con su cuerpo y el de los otros. Mostrarles un camino a través del arte. Formarlos como artistas, pero también como ciudadanos. Algo que nunca se había hecho antes.
(...)

Al fondo de la casa, atravesando el patio interno, está el salón de baile, con piso de madera, un equipo de música y el techo demasiado bajo. No hay aire acondicionado.
-¿Saben lo que es la sopa en Argentina? Bueno, bienvenida a la sopa- me dice May con una media sonrisa.
Luego subimos por una escalera de hierro celeste hasta la terraza.
-Aquí vamos a construir un segundo salón de baile, que esperamos que tenga techos más altos y sea más cómodo. Una empresa tabacalera nos está dando los fondos. Ya sabes como son, por un lado te matan con cáncer y por el otro ayudan…
Volvemos a la oficina, May me invita una taza de café y sigue contándome sobre el proyecto. Empezaron ofreciendo clases de danza para chicos de Cartagena, buscando talentos en las escuelas públicas de los barrios más pobres. Así se formó el Grupo Piloto Experimental con 12 chicos. Nueve años más tarde, esos mismos jóvenes progresaron y formaron una compañía estable de danza contemporánea con la que recorren los escenarios del mundo. Además, están cursando una licenciatura en Artes en la Universidad de Antioquia y empezaron a dar clases a otros chicos que, como ellos hace nueve años, se acercan al colegio, que funciona como un semillero de talentos.
Álvaro Restrepo llega acalorado y se disculpa por haberse atrasado algunos minutos.
-¿Ya lo leíste?-le pregunta a May al arrojar a la mesa de su oficina un ejemplar de Rencor, de Oscar Collazos, una novela sobre la prostitución infantil en Colombia.
Restrepo es un hombre de unos cuarenta años, delgado, de piel clara y pelo oscuro prolijamente corto. Usa anteojos, camisa celeste y sandalias de cuero. Todavía le caen gotas de sudor por la frente. Con gesto cansado, me explica la realidad social de la que es testigo: ‘El 70% de las personas en Cartagena son pobres, hay desplazados por la guerra y el turismo sexual crece cada año’.
-¿Quieres ver una clase con principiantes?-propone y cruzamos el patio hacia el salón. Saluda con un apretón de manos a Alberto, de 25 años, uno de sus estudiantes que ahora es el maestro. Me quedo sentada en una silla en un rincón.
Unos treinta chicos, varones y mujeres de entre 11 y 14 años, están participando de la clase. Sólo algunas risitas vergonzosas interrumpen el silencio con el que escuchan las indicaciones del profesor. Alberto, el maestro de danza, parece un adolescente más, con el cuerpo delgado perio fuerte que caracteriza a los bailarines profesionales. Es de piel morena, pero su pelo enrulado es casi rubio y tiene los ojos claros. Viste una musculosa de algodón blanca y un pantalón liviano y largo, que arremanga hasta sus muslos, pero que igual se cae a cada rato. Está descalzo y tiene una pulsera de hilo en el tobillo derecho.
-Caminen por todo el espacio en círculos, pero sin tocarse. Tienen que aprender a ocupar el espacio, pero respetando el espacio del otro- indica Alberto con voz segura mientas los chicos deambulan, algunos serios, otros riendo, unos pocos chocando.
Un chico de unos 14 años, morocho, con la musculosa blanca anudada de forma que deja ver su abdomen, parece ser el más experto del grupo. Otro más gordito tiene una mirada tierna y atenta a todo lo que sucede en la clase. Hace los ejercicios con conciencia, sin burlarse ni avergonzarse. Hay otro alto y desgarbado que bromea con su amigo cuando les indican que se copien como un espejo los movimiento del otro. Muchas nenas visten jeans, lo que parece poco apropiado por el calor y el ejercicio que están haciendo. ‘Bajen los hombros, metan la panza. ¿Vieron como todas las niñas de Cartagena caminan con la cola para afuera? Se dañan la columna por caminar así’, les dice.
Los chicos siguen jugando al espejo.
-La mirada es lo más importante. Miren a su compañero a los ojos, sigan con su mirada cada uno de sus movimientos, escuchen el lenguaje del cuerpo- dice Alberto.
Luego les propone como ejercicio hacerse masajes mutuamente, lo que parece entusiasmarlos. Arman parejas y empiezan a masajear los hombros, dar pequeños golpes de karate y finalizan ayudando a elongar toda la columna al compañero. Nadie se preocupa por mi presencia. Ni tampoco por el calor intenso, apenas aliviado por unos ventiladores que sólo arrojan aire caliente.
En el grupo hay cuerpos de nenas esbeltas, con piernas finitas como alfileres. Hay cuerpos de chicos que crecieron de golpe y la cabeza les quedó como colgada. Hay cuerpos fibrosos y fuertes. Y cuerpitos llenos de redondeces. Hay brazos demasiado largos, cuellos demasiado cortos. Pelos enrulados, atados en rodete o sueltos con rebeldía. Hay pies descalzos y firmes sobre el suelo. Y otros inseguros, que no saben si están o se van.
Forman una ronda y el profesor les propone que de a uno, pasen al centro y dejen que su cuerpo se mueva guiado por una de sus partes: el codo, la cabeza, el pie. Para mostrarles, Alberto comienza a moverse siguiendo su codo, pega saltos, se contonea, sacude la cabeza. Cuando le toca su turno, una de las nenas se resiste. Niega con la cabeza y se tapa la boca para reírse. Otro baila con desgano como si fuera música de hip-hop. El chico gordito elige usar la cabeza, pero parece un toro. Y el de la musculosa anudada en la cintura se deja guiar por el pie dando saltos ágiles y patadas de capoeira.
-Suelten el cuerpo, ocupen todo el espacio, no se inhiban- insiste Alberto. Y usa expresiones como ‘ primera posición’ y demi plié.
Al final de la clase, les explica: ‘Cuando termina una clase de ballet se debe agradecer al profesor o aplaudirlo’. Entonces, todos aplauden, algunos lo saludan con un beso, otros preguntan cuando pueden volver.
Mientras los chicos van en busca de su merienda y su regalo, me acerco al maestro, que está juntando sus cosas. Me sonríe, me pide que lo espere sólo unos segundos y salimos para conversar en la terraza, el único lugar del colegio donde parece correr una gota de aire. Se pone una gorra color verde, atiende un celular de los modelos más modernos y promete llegar en unos veinte minutos a un encuentro. Aún no atardece en Getsemani.
-Para los niños de Cartagena, el baile es algo que llevan en la sangre. Cuando yo era muchacho, iba a los picos, unos bailes que se armaban en los barrios. Se hacían piques, que eran como duelos, y había premios. Así aprendí a bailar, hip-hop, más que nada- me cuenta.
Alberto se unió a la compañía a los 18 años, cuando estaba haciendo el servicio militar. Llegaba al Colegio del Cuerpo vestido de policía y se sentaba a mirar los ensayos, ya que uno de sus amigos integraba la compañía. Jamás había tomado una clase de baile, pero había bailado toda su vida. ‘ Hasta que un día Álvaro me peguntó si me animaba a mostrarle cómo bailaba, hice una prueba y me ofreció quedarme’.
-Lo más importante de estos siete años, es que descubrí que la danza era un camino profesional. En mi familia me decían que tenía que estudiar algo, trabajar, pero nada me interesaba. No quería ser abogado ni médico. Ni imaginaba que la danza podía ser un medio de vida. Lo que más me gusta es la parte creativa.
-¿Querés ser coreógrafo?
-No me gusta la palabra coreógrafo, sino creador, quiero crear espacios, movimientos. Hacer algo horizontal.
Cuando le pregunto por las otras cosas que se aprenden en el camino de aprender a bailar, Alberto evita las frases hechas:
-No es algo directo, no es que por una clase de danza, aprendes educación sexual o a ser más respetuoso. Pero adentro tuyo, nace una conciencia colectiva y a la vez individual. Los niños que vienen, con el tiempo, empiezan a mirar su cuerpo con otros valores. No se trata de borrar las huellas de identidad. Todos los muchachos aquí hacen este gesto (se roza la entrepierna) y yo no he dejado de hacerlo. Porque ese gesto es información de mi lugar. Como las niñas, que caminan con la cola hacia fuera. Pero a través de la mirada y del reconocimiento del otro, aparece el respeto.
Bajamos por las escaleras hacia la salida. Cuesta imaginar el cuerpo liviano de Alberto vestido con uniforme militar. Cuesta imaginar sus ojos claros acatando órdenes distintas de las de su arte. Se aleja hablando por su celular último modelo, con pasos largos y seguros, por las calles atestadas de autos y gente de Getsemaní.

Cartagena de Indias, diciembre 2006

1 comment:

Ernesto van Peborgh said...

Que experiencia!! Noé!!